La serie que inició el viaje
CAPÍTULO 1 — La Semilla del Camino
Hay decisiones que nacen en un instante…
y otras que comienzan mucho antes, silenciosas, como una chispa escondida esperando el momento adecuado para encenderse.
La mía nació muchos años antes de saberlo.
Cuando tenía alrededor de once años, pasaba los veranos montando bicicleta con quien aún hoy es uno de mis mejores amigos. Vivíamos rodando por el barrio como si cada pedaleada fuera una aventura nueva. En una de esas vacaciones, un vecino decidió enseñarle a mi amigo a manejar motor. Recuerdo perfectamente esa máquina: un Honda XL-100, sencillo, ruidoso, pero con un aura de libertad que, en aquel entonces, yo no tenía forma de entender.
De vez en cuando el vecino se lo prestaba, y mi amigo lo montaba como si hubiese nacido sobre dos ruedas. Luego aquel vecino se compró un Honda MTX-125, más grande, más imponente, más “prohibido” para nosotros; y prácticamente dejó el viejo XL a disposición de mi amigo.
Un día, el vecino le pidió recoger el XL del taller. Mi amigo me llamó para ayudarlo con el mandado y le dije, con absoluta sinceridad, que yo no sabía manejar motor. Él, con una seguridad que aún hoy no comprendo, me respondió:
“No te preocupes, tú solo te montas… yo te empujo.”
Y así lo hicimos.
Él en el MTX, yo sobre el XL apagado, dejándome llevar como un pasajero del destino, sintiendo que aquel aparato vibraba bajo mí aunque el motor no estuviera encendido.
Todo iba sorprendentemente bien… hasta que llegamos a una curva.
Mi amigo dejó de empujarme… y yo, sin equilibrio, sin conocimiento y sin maldita idea de cómo controlar aquel hierro, terminé en el piso en cuestión de segundos. No hubo sangre, no hubo drama. Solo el peso del XL encima de mí y el golpe inevitable al orgullo de un niño que no dominaba lo que más respeto le imponía.
Ese día, caminando de regreso al taller mientras arrastrábamos la moto, dije las palabras que marcaron mi relación con los motores durante décadas:
“Los motores no son para mí.”
Y así quedó enterrada aquella semilla durante muchos años.
La serie que despertó lo que ya estaba dentro
En diciembre de 2014, muchos años después de aquella caída infantil, terminé de ver una serie llamada Sons of Anarchy. Una historia cruda, intensa y humana sobre un club de motociclistas en California. La serie explora hermandad, sacrificio, conflicto interno, violencia, amor, lealtad y destino.
Y sobre todo, muestra una verdad poderosa:
la sangre te hace pariente; la lealtad te hace familia.
El final de la serie es un golpe emocional que te arranca el aire.
El protagonista —un hombre quebrado, contradictorio, imperfecto pero profundamente leal— realiza un sacrificio total por su club, por su familia, por lo que él considera su destino. Y cuando esa escena terminó, sentí algo inexplicable.
Fue como si un hueco se hubiera abierto dentro de mí…
o quizás como si un hueco que siempre estuvo allí finalmente se revelara.
No sé si nació en ese momento o si simplemente despertó, pero ese vacío tenía forma de carretera.
No pude quedarme sentado.
Me levanté del sofá, fui donde mi esposa —una mujer prudente, temerosa de los riesgos, pero que me conoce demasiado bien— y le dije con la voz más seria que pude reunir:
“En el 2015 me voy a comprar un motor.”
Ella, sabiendo que yo no sabía manejar, recordando cada historia, cada miedo y, peor aún, conociendo mi determinación, solo respondió:
“Procura que sea una Harley… y que tenga el espaldarcito de atrás.”
Ese fue el instante.
El punto exacto donde mi vida dio un giro.
El momento en que mi destino biker dejó de ser un pensamiento y se convirtió en decisión.
Ahí nació mi búsqueda.
Pero no buscaba una moto…
Buscaba una Harley Davidson Softail.
La moto que no solo me gustaba, sino que me hacía palpitar, que despertaba algo dormido en mí desde la infancia.
Y sin saberlo, sin experiencia, con miedo y con emoción…
ese día comenzó mi verdadero camino a ser biker.
