Prólogo al mundo biker
Capítulo II
Llegó el año 2015 y, con él, el impulso inevitable de empezar la búsqueda de la Harley Davidson Softail que había decidido que sería mi puerta de entrada al mundo biker. Después de las fiestas de Navidad y Año Nuevo, cuando todo parecía volver a su rutina, en mí había comenzado algo distinto: una necesidad nueva, profunda, casi espiritual.
En ese tiempo yo estaba muy activo con mis prácticas de Ju-Jutsu japonés, y en medio de un entrenamiento sufrí una lesión en el bíceps derecho. No lo sabía entonces, pero esa lesión tendría un impacto crucial más adelante en mi camino.
Recuerdo haber conversado con varios amigos que ya montaban motocicletas, buscando consejos, referencias, advertencias… cualquier cosa que me ayudara a prepararme. Uno de ellos, dueño de una Harley Davidson Night Train, me invitó a su casa para ver la moto. Me dijo:
— Sube y enderézala. Si algún día se te cae, tendrás que levantarla tú mismo.
Tomé el manubrio, respiré y levanté la máquina.
La sostuve… pero sentí cómo la lesión de mi brazo gritaba por dentro.
Aun así, no dije nada. No quería verme débil. No quería que la duda matara el sueño que apenas estaba naciendo.
Esa experiencia me dejó pensativo. Busqué información en internet y descubrí que la Softail que quería pesaba más de 600 libras… vacía. Ese número se quedó resonando en mi mente como un desafío personal.
Si quería ese camino, tenía que estar listo para él.
Pero nada de eso me detuvo.
Seguí buscando. Seguí preguntando. Y así fue como llegué al taller de un amigo de la amiga de una amiga —las mejores historias comienzan así— un hombre que más adelante sería clave en mi evolución dentro del mundo biker. No lo sabía entonces, pero esas primeras conversaciones con él sembraron semillas que florecerían mucho después.
Llegó febrero, y con él, mi cumpleaños. Ese año decidí celebrarlo con un tema biker, aunque todavía ni siquiera tenía moto. Mientras mi esposa y una prima buscaban regalos y atuendos en tiendas especializadas, yo continuaba mi misión: encontrar mi Harley.
Ese mismo día, fui a una de las tiendas a ver motos. Después de hablar con el dueño durante un buen rato, nos dimos cuenta de que todavía no nos habíamos presentado. Cuando le dije mi nombre, él abrió los ojos y dijo:
— ¡Ahhh, pero tú eres el del cumpleaños!
Fue un momento divertido, casi simbólico, como si el universo estuviera juntando piezas.
Cuando llegó la noche de la fiesta, esta tuvo lugar en el negocio de una pareja de esposos que, por casualidad —o destino— también eran bikers. Cuando fueron a saludar y a ver cómo iba todo, les conté, con toda la emoción del mundo, mi deseo de entrar a ese universo.
Ellos comenzaron a hablarme de su club, de sus rutas, de la hermandad, de la dinámica y la filosofía que compartían. Cada palabra que salía de sus bocas encendía más mi entusiasmo.
Cada historia, cada anécdota, cada detalle, hacía que mis ojos brillaran más.
Era como si me estuvieran describiendo un lugar al que, sin haber ido nunca, yo siempre había pertenecido.
Esa noche entendí algo:
no era simplemente una moto lo que estaba buscando… era una identidad.
Ese fue el verdadero inicio de mi camino a convertirme en biker.
Un camino que, hasta hoy, sigo recorriendo.
